sábado, 22 de julio de 2017

El encierro imaginario, cartel de Daniel Cutillas para el Encierro de Blanca 2017

Cinco toros cruzan el Puente de Hierro en un encierro imaginario. No se les ve a todos por completo, pero se les intuyen unas hechuras un tanto desiguales. Unos con demasiado hueso, otros más descarados de pitones, con las caras un tanto destartaladas. Circulan sobre el asfalto como si vagaran desorientados en busca de un rumbo concreto en la vida. Parecen "ninis". Ni embisten, ni persiguen a nadie. Están solos. Sin mocerío a su alrededor. Es un encierro silencioso. No hay ruido. Ni sonido de fondo. Sólo toros, asfalto y metal.
¿Hacia adonde se dirigen? ¿Por qué huyen de la Villa del Toro? ¿Acaso pretenden variar el trayecto original del encierro? ¿O a estos torazos se les ha quedado pequeño el diminuto ruedo de la Plaza del Ayuntamiento? ¿Van en busca de la anunciado coso multiusos que jamás se llegó a construir a las afueras? ¿O puede que se hayan sentido avergonzados al toparse con "Osvaldo", la imagen de la Tauromaquia en esta localidad de bravos y exigentes aficionados, vestido con esa camiseta azul celeste que más parece un futbolista del Celta de Vigo que un fiero toro de lidia?
Ese aire de mascota en un toro no les ha debido hacer mucha gracia. Ellos no se sienten de ningún modo animales domésticos. Ni mucho menos mascotas. Así que puede que por eso huyan despavoridos.
Quizás el bueno de Daniel Cutillas no pretendiera ninguno de estos mensajes cuando ideó y plasmó con sus pinceles esta obra que sirve para difundir y promocionar el Encierro de Blanca 2017. Mejor dicho, estoy seguro de que ese no era el mensaje. Y cuento con ventaja: me lo ha chivado.
El encierro con los toros cruzando el Puente de Hierro no se ha producido en la vida real, al menos hasta la fecha. Pero sí se ha producido en la imaginación del autor. Eso es lo brillante y lo valioso. Los artistas, o tienen imaginación, o caen en el riesgo de presentar -artísticamente- encefalograma plano.
No es el caso de Daniel Cutillas, cuya inventiva le sobrevuela en esta estampa y además ha tenido la valentía o el atrevimiento de llevarla al lienzo, asumiendo las posibles críticas e incluso la incomprensión de los más puristas. Aunque esos ya se cebaron con el cartel de 2016, aquella celebérrima obra de José Antonio Torregar que representaba la huella de la zapatilla de un corredor al lado de la marca de la pisada de una pezuña de toro.
Ese trazo casi fotográfico que proporcionó cierta fama a Daniel Cutillas en sus trabajos iniciales, con reproducciones de escenas de caza y bodegones, se mantiene con personalidad propia en estas nuevas aventuras de temática taurina. Su pincel es joven en estas lides, por eso es obligado resaltar su triunfo clamoroso del año pasado cuando presentó en Blanca la exposición "Taurus" con sus primeras obras de toros -un monográfico centrado en la figura totémica y viril del toro de lidia-.

De algo le habían servido las vivencias al lado de su hermano José Antonio, que intentó la aventura del toreo a finales de los años noventa. Sus miedos eran también un poco suyos; sus alegrías, también lo eran. De aquella obsesión que vivió en el hogar familiar por conocer la entraña de la profesión más bonita, y también la más difícil del mundo, la de torero, el amor al toro quedó grabado a fuego en lo más hondo de su ser. Para siempre. Y ahora le están aflorando todos esos sentimientos.

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