miércoles, 11 de enero de 2017

La dureza se ceba con Antonio Puerta

Tiene la mirada de un tigre enjaulado. De ese tigre que ha probado la sangre y quiere más. Pero la jaula, además de barrotes, tiene alambres eléctricos que le provocan descargas a cada paso que pretende dar.

El tigre está inmóvil, a la fuerza. Pero no quieto. La mente no deja de funcionar y eso le está engrandeciendo y enriqueciendo interiormente.

Antonio Puerta está tocado, pero no hundido. Que no canten victoria que aquí hay Puerta para rato.

El domingo, un toro a puerta cerrada en casa de Juanjo Ríos, en su finca aragonesa de Mora de Rubielos, casi lo quita de enmedio. Y cuando digo de enmedio digo de enmedio, y cuando digo casi digo casi.

Después de torear primorosamente a dos bravas becerras, al parar de salida al toro, éste no obedeció, resultó arrollado golpeándose en la cabeza contra la piedra de que está hecha la pared de la plaza de tientas.

Resultado: una fisura en el hueso craneal, el oído echando sangre, y el hombro fuera del sitio -el hombro que aún tenía sano-.

Después de tres días entre incertidumbres y dolores, le van a dejar que siga haciendo reposo en su domicilio de Cehegín.

Pronto se pondrá bueno, quizás haga algún tentadero más (o no) -poco importa-, porque este tiene capacidad y cojones para ponerse donde la categoría de su tauromaquia le corresponde.

Hay que darle tiempo al tiempo. O, mejor dicho, tiempo al tigre que se vislumbra detrás de su mirada. ¡La que va a formar en cuanto salga de la jaula!

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